La crueldad del funcionario y Joaquín
Joaquín no lo sabe. Joaquín no puede saberlo. Me duele la rodilla. Hace meses que duele y no me deja caminar. Hay días en los que el dolor no me permite subir al colectivo para ir al trabajo. Literalmente me arrastro. La fractura, la microfractura, me devuelve a la verdad: mi fragilidad.
Ella me ha llevado a la peor de mis pesadillas, la que cada padre o madre teme en silencio: ¿qué le pasará a Joaquín cuando yo ya no esté? ¿Quién le cortará el cabello, sus uñas, le lavará los dientes, cortará la carne pequeña para que no se ahogue? Miedos tan reales que me aplastan.
Anteayer, un funcionario le dijo a una madre: «Si tu hijo nació con discapacidad, la responsabilidad es de la familia… no del Estado». Su discapacidad es tu problema.
Escuchar esas palabras me hizo olvidar el pu… dolor de mi rodilla. Me indigné. La indignación me estrujó el alma. Me pregunté: ¿cómo es posible escuchar semejante idea y no hacer nada? ¿Cómo llegamos hasta este punto como especie, como sociedad?
Cuando Joaquín nació, tuvo una hipoxia. No respiró. Fue duro. Muy duro para él. No me fue fácil asumir su realidad. Me tomó dos años pronunciar la palabra discapacidad. No hay lenguaje que agote el dolor, el sufrimiento, la angustia.
Recuerdo haberle dicho a un amigo lo que sentía, formulando la pregunta en un desahogo retórico:
«¿Por qué? ¿Por qué él? ¿Por qué yo?» Y él me respondió:«¿Por qué no?». Tenía razón. A todos nos puede suceder. Joaquín no es un castigo divino ni un error. Joaquín es el ser que cada mañana mira y pide el desayuno a su madre o a mí, con una seña que aprendió. Él es quien, cuando la existencia se vuelve pesada, insoportable, me da un abrazo, siento su calor y, con su sonrisa franca, me devuelve la esperanza. La esperanza de que, detrás de la historia, aún espera Dios. Joaquín, los joaquines, me recuerdan que soy carne, que soy tiempo, que soy frágil. Que no soy todopoderoso, sino un simple mortal que un día dejará de ser. Y en su amor inconmensurable, me disculpa sin reproche cuando estoy cansado y le digo: «Hoy no, Joaquín. Hoy no.» Entonces él me mira. No dice nada. Me vuelve a mirar y sus ojos me dicen: «Papá, te entiendo».
Sí, sí, señor funcionario, Joaquín es mi cuestión, no mi problema. Como lo son todos. Algo que usted está tan lejos de comprender. Pero sabe qué, hay algo que me perturba y usted parece no darse cuenta de la gravedad de sus palabras. Porque al actuar de ese modo, solo muestra y demuestra que la crueldad -su crueldad-es la perversión del poder sobre la fragilidad. Es el acto consciente de dominio sobre otro ser. Usted elige infligir sufrimiento no por necesidad, sino por deleite, indiferencia o conveniencia. Barro endurecido en su corazón. La renuncia a la empatía, la negación de la humanidad compartida.
Usted sabe que la condición humana anida en el reconocimiento del dolor ajeno. Pero ha convertido el castigo en acto administrativo. La herida del otro en espectáculo, el grito en eco vacío. Cuando se pierde la condición, sólo queda la putrefacción. No hay compasión en usted ni en todos los que piensan de ese modo, sólo queda una voluntad desconectada de la posibilidad de cuidar, de sostener, de comprender. Porque allí donde el poder se ejerce como imposición, donde la vida ajena es reducida a recurso, a obstáculo, a cifra, ahí germina la crueldad. Y con ella, la ruina moral de quien la perpetra.
John Rawls (filósofo defensor de la igualdad y la justicia como equidad) soñaba con una sociedad justa, pensaba que debía organizarse con base en el cuidado de los menos favorecidos. Primero los discapacitados, luego, los ancianos. Y así hacia arriba. ¿Por qué? Porque hemos nacido en sociedad. Somos seres sociables, somos por y en otros. Hoy, cuando observo el estadio social que atravesamos, cuando cada miércoles en el acceso al Congreso veo cómo muelen a palos a viejas y viejos indefensos, siento que la maquinaria de indiferencia triunfa, que el amor retrocede. Y su frase, señor funcionario –“¿Qué culpa tengo yo?»- resuena no sólo como el rechazo al otro sino como la negación de la interdependencia que nos define como especie. Es crueldad, es indiferencia, es la miseria de quien mira el sufrimiento ajeno como si fuera un inconveniente. Como si la discapacidad fuera una anomalía que no le concierne, un lacedemonio del siglo XXI.
Hoy la fragmentación es una crisis existencial. Perdemos la conciencia de que la fragilidad del otro nos habla de nuestra propia vulnerabilidad. de que la vida es un entramado en el que todos somos hilos entretejidos en una única urdimbre. Cuando un clic cancela la pregunta moral, se renuncia a la posibilidad de construir algo que trascienda el cálculo.
La película Oslo (2021) no es sólo una historia de diplomacia, sino una revelación humana. El director da testimonio de cómo, incluso en el marco de un conflicto arraigado, el encuentro directo, el cara a cara, la mirada en la mirada, puede romper la narrativa de enemistad y revelar la humanidad compartida, porque al fin y al cabo la clave está en la mirada, ya no como acto pasivo sino como reconocimiento. Sólo mirando a los ojos, sólo sosteniendo la mirada de un niño discapacitado y del doliente, encontramos la revelación. El secreto está en los ojos, y al mirarlos no sólo vemos a otro, nos vemos a nosotros. Es un instante transformador, un instante salvífico. La mirada es la cura.
Hay días en que el sol brilla, pero hay otros en los que la oscuridad avanza y el peso de la angustia me ahoga. Y siento que no doy más, pero siempre, siempre, hay una mirada que me salva. Joaquín parece saberlo, o sabe sin decirlo que su papá está vencido, como Don Quijote. Sin embargo, él insiste. No se da por vencido, llama la atención, mueve sus manos en el aire escribiendo palabras que sólo los dos entendemos. Luego sonríe. Estoy a salvo. Es el remedio, la esperanza hecha carne. La posibilidad real.
Usted no lo entiende, no entiende señor funcionario, a Joaquín, a mí, a todos. Y nosotros tampoco.
Federico Figueroa, papá de Joaquín

Atender la discapacidad, no castigarla
La semana pasada, organizaciones que trabajan con personas con discapacidad, familiares y prestadores de servicios se manifestaron frente al Congreso de la Nación para rechazar los recortes que los afectan. Fue una reacción a un desfinanciamiento que arrastra años, pero que acusan de haberse agudizado en el último año por directiva del actual Gobierno nacional. El objetivo es lograr la declaración de la Emergencia Nacional en Discapacidad.
Nuestro compañero eligió no callar y reflejar líricamente la incertidumbre que viven él y su hijo Joaquín al igual que muchos Joaquín, dado que el gobierno libertario, en lugar de atender la discapacidad, la está condenado al abandono como castigo a su condición.
Desde Luz y Fuerza Córdoba nos unimos a esta lucha, que es la de miles de familias.



