Cada 18 de mayo celebramos el primer símbolo patrio que nos unió como nación: la Escarapela Nacional. Su historia está llena de matices, valentía y necesidad estratégica.
No existe una verdad única sobre su nacimiento, pero la historia nos ofrece relatos fascinantes: Se dice que, durante las Invasiones Inglesas, el Regimiento de Patricios ya utilizaba un penacho blanco y azul celeste para diferenciarse de los demás cuerpos militares. Lo que sirvió de inspiración más adelante.
Otra versión cuenta que en la “semana de la Revolución de mayo de 1810”, un grupo de damas de Buenos Aires se presentó ante Cornelio Saavedra (jefe del Regimiento de Patricios) luciendo estos colores como símbolo de fervor revolucionario.
Más allá de las versiones, la oficialización llegó por una necesidad del movimiento emancipador. En febrero de 1812, Manuel Belgrano advirtió un grave peligro: sus soldados usaban distintivos de diversos colores, lo que podía generar confusiones fatales en los combates cuerpo a cuerpo contra los realistas.
Belgrano propuso entonces unificar a la tropa bajo un solo emblema. Así, el Primer Triunvirato aprobó oficialmente el uso de la escarapela blanca y azul celeste, marcando el inicio de la simbología propia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Este pequeño distintivo fue el precursor de algo más grande: la Bandera Nacional. La aceptación de la escarapela fue el impulso que Belgrano necesitaba para diseñar, días después, el pabellón que hoy nos representa ante el mundo.



