A este gobierno libertario, admirador de nefastos personajes y naciones foráneas que históricamente depredaron nuestro país, que enajena lo argentino, es necesario recordarle, y también nosotros tener memoria, que lo que nos identifica ha sido una construcción colectiva de hitos que nos definen y nos dan un lugar en el mundo. Tener claro de dónde venimos para saber a dónde queremos ir.
Hasta el 31 de enero de 1813, fecha en que se inauguró la Asamblea General Constituyente, el sello que se utilizaba para los documentos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, era el de las armas reales. La célebre “Asamblea del año 13”, conformada para lograr la emancipación de España y redactar una Constitución, entendió que era imperioso disponer de un nuevo símbolo patrio y encomendó la creación de un escudo que comenzó a generalizarse para legalizar los actos de gobierno.
El escudo nacional fue reconocido oficialmente el 12 de marzo de 1813.
Manuel Belgrano, con su innegable lucidez, había manifestado la necesidad de contar con un tipo de distintivo que evitara confusiones con la documentación en las batallas contra los ejércitos reales.
La asamblea ordenó al diputado por la provincia de San Luis, Agustín Donado, la confección de la nueva insignia patria. Donado encargó al orfebre Juan de Dios Rivera Túpac Amaru, a quien se le atribuye el primer grabado del Escudo Nacional. Rivera, de origen inca, vivió en la ciudad de Buenos Aires y diseñó el escudo con su propia impronta, al incluir el sol incaico.
En 1944, el Poder Ejecutivo Nacional mediante el decreto 10.302, estableció “la adopción como representación del Escudo Argentino, la reproducción fiel del sello que usó la Soberana Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata”.




