Desde 2010, año del bicentenario de la Patria, el “día de la raza”, que conmemora el 12 de octubre de 1492 y la llegada a América de los españoles, pasó a denominarse Día del Respeto por la diversidad cultural. El cambio de denominación no era sólo un cambio de palabras, sino que reflejaba un cambio de sentido, una revisión y reconocimiento a una deuda histórica con los Pueblos Originarios de América Latina. El 12 de octubre marca un antes y un después para estos pueblos, quienes sufren la conquista, el cambio civilizatorio, y el despojo y desplazamiento de sus tierras, otrora en campañas militares, más adelante en apropiaciones ilegales que dieron avance a la frontera agrícola y económica.   

A propósito del último 12 de octubre, dos mensajes antagónicos se difundieron desde la frontera norte y sur de Latinoamérica, uno desde México, otro desde nuestro país. Claudia Sheinbaum, desde México, reivindicó la identidad originaria e instó a España a un pedido de disculpas que “no es vergonzoso, por el contrario, engrandece y acerca a los pueblos…Cristóbal Colón descubrió América para los europeos, pero en nuestro continente y en particular en lo que hoy llamamos México, ya había grandes civilizaciones y culturas de las cuales nos sentimos orgullosas y orgullosos”.

La conmemoración nacional, como era de imaginarse, estuvo cargada de provocación y desprecio por la historia nativa, que es parte de nuestra propia identidad, les guste o no. Cargada además de simplificaciones, falsos estereotipos y discursos de odio, la versión mileísta del 12 de octubre se encuentra perfectamente alineada con las políticas tomadas por su gestión en materia de asuntos indígenas.

En diciembre de 2024, Milei deroga por decreto la Ley 26.160, que declaraba la emergencia territorial indígena, dejando a las comunidades sin un instrumento legal fundamental para el reclamo sobre tierras ancestrales. La ley, sancionada en 2006, tuvo por objetivo suspender las ejecuciones, actos procesales y desalojos, a fin de realizar un relevamiento, delimitación y ordenamiento que permitiera a las comunidades el derecho a la tierra, afectado por años de campañas militares y una política de usurpación y acaparamiento de grandes extensiones de tierras con fines de explotación de distintos recursos, muchas de ellas en manos de extranjeros. La Ley de emergencia territorial indígena permitió a muchas comunidades iniciar un camino de reparación, de por sí complejo, requiriendo documentación catastral, y de expedientes judiciales que muchas veces se remontaban al estado colonial. Por eso se luchó por lograr sucesivas prórrogas, hasta que el gobierno de Milei directamente la derogó.  Además, se dispuso el cierre del Instituto Nacional Indígena, un acto cargado de negacionismo.

La tierra: para las comunidades no, para los extranjeros sí

En nombre del progreso, la modernización y la racionalidad se han justificado muchas entregas y depredaciones en nuestro país. No es de extrañar que el mismo gobierno y los mismos sectores que se escandalizan por la delimitación de algunas hectáreas para las comunidades indígenas, no muestren empacho alguno en ceder o favorecer el control de miles de hectáreas de tierras argentinas a extranjeros. Un caso sintomático de esta doble vara es el caso Lewis: en su disputa con varias comunidades Mapuches, que reclaman una parte del territorio usurpado por el magnate inglés, que se niega hace años a cumplir con una sentencia judicial que lo condena por usurpación ilegal.

En efecto, detrás de la derogación de la Ley de emergencia territorial indígena está la disputa por los recursos naturales argentinos, como también lo está la derogación de la Ley 26.737, conocida como de Tierras, que ponía un límite a la compra extranjera de territorios argentinos. Sancionada en 2010, prohibía la venta de tierras a extranjeros en zonas fronterizas, así como en zonas ribereñas de cuerpos de agua de envergadura y permanentes, o zonas que contengan mares, ríos, arroyos, lagos, humedales, lagunas, esteros, glaciares o acuíferos.

Estas dos derogaciones sumadas al RIGI (Régimen de Incentivo a las grandes inversiones), abren la puerta para la extranjerización de la tierra y la depredación de los recursos naturales como el agua. El extractivismo sin respeto por las comunidades, sin cuidados ambientales y sin desarrollo soberano es el modelo que se impone con la gestión libertaria.  La disputa por el agua, en concreto, está creciendo cada vez más en intensidad en distintos puntos del país, donde se discute el derecho al acceso a un recurso vital y estratégico, que es codiciado en grande por las nuevas industrias tecnológicas. Sin ir más lejos, los recientes anuncios de Open AI para la instalación de un gran “data center” en la Patagonia, están en el centro de estas disputas. Estos “data center” necesitan grandes cantidades de tierras, energía y agua, esa que los modelos extractivistas le niegan a las comunidades originarias y al pueblo en general.

Un legado de resistencia 

América Latina es la tierra de una enorme y rica diversidad, diversidad de la que debemos estar orgullosos, porque es uno de los rasgos fundamentales de nuestra identidad. Hay, sin embargo, una negación constante de una parte central de esa diversidad, de manera explícita o velada múltiples discursos mediáticos, académicos, culturales, pedagógicos y gubernamentales reflejan vergüenza de nuestra propia historia, de parte de nuestra propia sangre y de ser lo que somos.

Un sostén sin dudas del pensamiento y práctica cipaya y colonizante que derrocha el gobierno de la Libertad Avanza, es el negacionismo de los pueblos originarios, que está en el origen de nuestra propia historia y la reproducción de la falsa dicotomía civilización o barbarie. Lo nuestro como atrasado, como bárbaro y lo “europeo” como el moderno primer mundo al que hay que parecerse.   

El progreso no sólo se convirtió en sinónimo de homogeneidad y negación identitaria, sino en la justificación de la depredación a la tierra y sus recursos.

En este presente de entrega colonialista, resignificar el 12 de octubre es reivindicar un legado de resistencia a la herencia colonial, conocer la historia de los pueblos originarios, sus saberes y memorias es recuperar un legado inseparable de nuestra identidad.