COLUMNA DE FEDERICO FIGUEROA

Comenzó el 2027, y será un año largo. No por el calendario, sino por la densidad del tiempo. Un año de 730 días. Algo loco, sí, pero ha comenzado.

El lunes muchos no pegaron un ojo, algunos siguen contando ovejas en el techo, otros están ebrios de alegría por un triunfo nunca esperado, aunque soñado. Pero al final, sólo la realidad cuenta. Ella muestra su voluntad y es inapelable, como cuando la pelota cruza la línea y el árbitro pita gol: es gol, y a joderse. No hay vuelta atrás.

Como de costumbre, el 26 me levanté temprano, tipo 7:30… fui a la panadería a comprar criollos y facturas para desayunar antes de ir a votar. Descubrí que no había leche en la heladera. ¡Al diablo el desayuno! El “chino” abre a las 9 y es puntual como inglés. Resignado, me puse a leer mi novela; a las 8:15 abrí el portón, miré a los lados: nadie. Sólo el sol brillaba en lo alto. Caminé, después de 15 minutos llegué a la escuela Gutiérrez. Casi nadie, en mi mesa tres personas que también habían madrugado. Votar es cuestión de minutos: das tu número, te dan la papeleta, vas al biombo, tomás la lapicera, buscás la columna, marcás con una cruz, la doblás, vas hasta la urna, la ingresás, firmás, te dan tu constancia y adiós. Poco tiempo para un acto tan solemne. Poco tiempo para cambiar o determinar un destino.

Mientras buscaba mi documento, vi a una mujer de unos 70 años leyendo y leyendo, como buscando algo que no encontraba. De vez en cuando levantaba la vista hacia la presidenta de mesa, que, tal vez, tenía la mente en el asado que se perdía. La mujer por fin preguntó asombrada: “No encuentro el listado de senadores”. Indudablemente no lo iba a encontrar porque no se elegían senadores, sino diputados. La presidenta no dijo nada, sólo levantó los hombros. Señora, le dije, acá en Córdoba sólo se eligen diputados nacionales. “Ah”, exclamó sorprendida. Volvió sus ojos a la papeleta y después de dejar de buscar a quién sabe quién, hizo una cruz.

Ese acting fue revelación. ¿La gente sabe qué se vota? ¿Por qué votamos? ¿A quién buscaba esa mujer? Supongo que no era a Angeloz, Alfonsín, Menem o Bercovich Rodríguez. Esos nombres se me vinieron a la mente, y también la conciencia de que ese tiempo en el cual las ideas daban sentido, valor y futuro, dejó de existir.

La postmodernidad, la postverdad, la virtualidad lo cambiaron todo. Muchos se niegan a ver que el mundo sólido bajo sus pies se mueve, y más de lo que quisieran. Ese tiempo al que se aferran como náufragos a un madero ya no los mantiene a salvo. El escritor Ballard lo dijo: “vivimos en un eterno presente”, y quien vive en el presente-eterno no tiene pasado ni futuro. Su conciencia está atrapada en el hoy, su yo es un ahora. Están atrapados en un espacio-tiempo sin escape. Es lo que Alicia vio detrás del espejo: una ilusión sin sustancia, pero una única verdad. La virtualidad nos despegó del ayer y del mundo tridimensional. Suspendió el tiempo.

Neo, en la Matrix, despertó del sueño porque Morfeo le dio una pastilla. Una pastilla que le permitió ver la verdad, pero la verdad es un mundo de horror, es insoportable. Algunos quisieron volver a dormir, porque es preferible una ilusión que una cruel realidad. Todos eligen creer: y si la pasamos bomba, pues siga la fiesta hasta el amanecer.

Vivimos tiempos de crisis. A la muerte de Dios no le siguió la Novena Sinfonía, sino Hiroshima, el poder de autodestruirnos. No creemos en dioses, porque Dios ha muerto, entonces todo es posible, hasta que un hombre quiera dar a luz. En medio de tanta confusión, crímenes, feminicidios, matanzas, guerras de exterminio. La política dejó de darnos un relato, de ser mapa o brújula, quedó atrapada en su propio si no. Hoy el mercado ha demostrado que ser capitalista no es pecado, sino un único modo de ser y la única respuesta política. Pero lo que no se comprende es que ser del mercado es ser del consumo. Y consumir es saciar nuestros apetitos hasta eructar como Homero Simpson, hasta la próxima orgía. Pero después -porque hay un después- sólo hay vacuidad, vacío, desesperación, pulsión de muerte y locura (Mario Oyola).

Nuestro planeta gira demasiado rápido para nuestros sentidos. Y mientras todo lo material se disuelve y vuelve virtual, el caos nos amenaza y un terror nos invade. Todo es volátil: el dinero, la familia, las instituciones, el trabajo, los afectos, incluso el cuerpo, mi subjetividad. Nos sentimos frágiles e inseguros. Y cuando tomamos conciencia de la vertiginosidad, es tarde. Muy tarde.

Las elecciones de medio término de ayer son muestra de lo que trato de decir. El mundo en el que vivimos no es comprendido por muchos; hay dirigentes atrapados en el tiempo, desconectados de la realidad. Viven en mundos paralelos. Mudos que no se conectan ni podrán hacerlo. Y cuando hablan, nos preguntamos: ¿a quién le hablan? ¿De qué carajo hablan?

Las explicaciones ideológicas o académicas no corresponden, no se puede seguir explicando el mundo con categorías de otro tiempo. Eliot decía en Los hombres huecos: “El mundo no acaba con una explosión, sino con un gemido”. ¿No escuchan el gemido? Los jóvenes, incluso extraviados, saben que ellos no los comprenden, son el pasado, el ayer que los trajo hasta acá y que odian. No se puede construir un edificio nuevo con piedras viejas.

Milei, en su extravagancia insana, ha comprendido que no es la narración coherente la que explica el mundo, sino la disrupción narrativa. Llena de emoción, pasión desmesurada, contradicciones y valores disolutos. Sus destinatarios son los desencantados de una modernidad que les prometió el paraíso y sólo les dio un palmo de tierra para su sepultura. Los caídos no tienen pasado. Su identidad no está en el ayer, sino en el mañana. La promesa del mañana, aunque nunca llegue, es lo que tienen, es hoy, absoluto. Milei les habla a los desangelados, a los parias, a los caídos, a los olvidados. les promete ser el azote, el hecho maldito que los vengue. Su impiedad no es crueldad, es la justicia.

Ayer, mientras escuchaba los resultados, miré los rostros de la derrota. Sé que no fue una compulsa de ideas o programas, sino una elección de nombres que no dicen nada. Sustantivos vacíos, eslóganes. Alguien propuso el eslogan «Braden o Perón» sin tener en cuenta que pasaron 79 años y dos generaciones y guerras. Ese mundo ideologizado no existe. Una candidata vociferaba “defendamos Córdoba”, otro afirmaba “Yo soy Córdoba”. Todos candidatos salidos del parque jurásico, que se limitaron a recitar un pasado tan lejano como un futuro imposible. No le hablaron a nadie. A ellos sólo les espera volverse combustible. Y ojalá no generen más dióxido de carbono.

Nada puede ser mejor que el futuro, pero nada peor que el pasado. Sin embargo, ella bailó sola en el balcón, con su sombra, en el noveno círculo de Dante, sin escuchar la música.