Secuestrado el 4 de junio de 1976 en el Complejo de San José de Calasanz · Detenido-desaparecido
Hernán Vives no era de los que separaban las palabras de los hechos. Su compromiso con el gremio y con la clase trabajadora no era una declaración: era una práctica cotidiana, sostenida en silencio y sin cálculo. La militancia para él no tenía horario ni lugar seguro; tenía dirección y tenía consecuencias, y las asumió hasta el final.
El 4 de junio de 1976 lo encontraron haciendo lo que hacía todos los meses: colaborar en la colecta solidaria para sostener a las familias de los luchadores perseguidos, presos o asesinados por la dictadura. Estaba en su lugar de trabajo, el Complejo de San José de Calasanz. Esa red de auxilio — invisible, paciente, esencial — era la que mantenía viva la resistencia cuando todo lo demás estaba siendo destruido. Y fue exactamente eso lo que los verdugos fueron a buscar.
Fue trasladado al Tercer Cuerpo de Ejército. A diferencia de los otros dos compañeros secuestrados junto a él ese día, Hernán nunca regresó. Lo asesinaron y desaparecieron su cuerpo, con la misma lógica de siempre: borrar el ejemplo para que no se repita. Pero no pudieron. Lo que Hernán representaba — la solidaridad organizada, el compañero que no afloja ni cuando el riesgo es máximo — quedó grabado en la memoria de cada trabajador lucifuercista.
Su figura nos recuerda que la resistencia no siempre tiene nombre en las crónicas. A veces es una colecta, una visita a una familia que quedó sola, un sobre que pasa de mano en mano. Hernán Vives hizo eso, con la dignidad de quien sabe que sostener a los compañeros es también una forma de luchar. Luz y Fuerza de Córdoba lo nombra y lo honra.
HERNÁN VIVES — PRESENTE
AHORA Y SIEMPRE




