El fútbol, la taba de la esperanza (*)
Por el cro. Federico Figueroa (U.A. Energía Digna)
Aquiles organiza juegos en honor a Patroclo: “Así habló Aquiles, y dispuso los juegos en honor de su compañero. Los héroes se levantaron para competir, y el premio sería gloria inmortal”.
La Ilíada (Libro XXIII)
A las 5:45 a.m. del 18 de junio, bajo un cielo estrellado en las montañas Gissar, con una
temperatura que rondaba los 18–20 °C, Rustan escuchaba el partido por una radio
que su padre Otabek le había traído del pueblo. Mientras se comía las uñas y miraba de
reojo a sus cabras y ovejas, oyó el grito del gol, el primer grito de gol de su selección.
Un grito tan fuerte que los zorros del lugar salieron huyendo. Estaba feliz.
Sus ojos brillaban, levantaba las manos y las agitaba hacia el cielo como bandera,
pronunciando a gritos el nombre del nuevo héroe nacional, Abbosbek Fayzullaev,
para que todos lo supieran, incluso las inertes montañas de Gissar. Pensó que ellas
podrían guardarlo para siempre. Después lo anotó en su cuaderno: minuto 60,
primer gol de Uzbekistán en un Mundial, desde su independencia en 1991,
en el mítico Estadio Azteca donde brillaron el inigualable O rei Pelé y el Dios del fútbol
Diego Maradona.
Todo brillaba en su vida, hasta el sol pareció adelantarse en salir. Y aunque Colombia
terminó imponiéndose por 3 a 1 a los hijos de Samarcanda (una de las ciudades más antiguas
del mundo), nadie podrá vencer el sueño, la esperanza de un niño de 12 años.
Cuando ingresó a la escuela, horas más tarde, aún sus hojas brillaban. Milika, su amiga de juegos, le preguntó:
– Rustan, Rustan, ¿pudiste escuchar el partido?
– Sí, respondió. Claro, en la montaña se escucha clarito. Además, el último partido de grupo mi papá me prometió llevarme a verlo al salón comunitario. Va a ser genial.
– Ah, dijo ella.
– ¡Viste que Messi hizo tres goles! Es el mejor del mundo.
– Eso dicen todos, sentenció. Pero mi héroe es Abbosbek Fayzullaev… Te voy a decir algo, algo que nadie sabe, sólo lo saben las montañas. Voy a jugar en la selección nacional.
– Pero solo tienes 12 años…
– Sí.
Sacó la oshik de su morral y se puso a hacer jueguitos con esa taba de oveja. La oshik iba de un pie a otro, por momentos se elevaba y la detenía con el muslo para luego golpearla con el canto del pie. Cuando se le caía, la limpiaba y volvía a comenzar.
El alcalde del pueblo les ha prometido que harán unas mini canchas para todos los pibes y pibas del pueblo. Traerán verdaderas pelotas de fútbol, hechas en Pakistán, para que, entre otras cosas, dejen de jugar con huesos de oveja y se lastimen los pies. También han prometido que les darán botas de colores para que no jueguen descalzos. Quieren tener nuevos héroes nacionales que defiendan los colores celeste, blanco y verde.
Mientras las promesas se suceden y el Mundial más caro y contaminante de la historia se desarrolla con tal normalidad, que mencionar resultados suena hasta cínico. Hacer un Mundial en un país hiper desarrollado, sólo muestra su opulencia y hasta bravuconada, decidiendo el destino de pueblos enteros, que incluso se jacta de declarar la guerra sin consentimiento de las Naciones Unidas y brama que se hará lo que ellos digan o nada.
La pelota rueda, rueda sobre el césped verde. Las gradas están colmadas. Se cambiaron las reglas de juego para favorecer las ventas de hamburguesas y cerveza, así como los segundos de publicidad. Miles de personas pugnan por entrar al teatro, pero no para espetar sino para ser parte del show. El público dejó de ser de palo para ser protagonista y los jugadores son parte de la obra que se desarrolla con ellos adentro. Los 90 minutos se volvieron 100 y también las controversias. Los periodistas hacen gala de que su oficio es el único donde la exageración está permitida, y más aún, necesaria. Con sus verbas muestran lo que no es, o dicen lo que quieren que otros vean. Los partidos no son vistos sino vividos. Pero nadie ve un partido entero, porque sólo se ven resúmenes. Sí, sólo resúmenes que se repiten hasta el “ya basta”. Un partido es de 3 minutos… es la era de la instantaneidad. Y nada debe durar mucho. Con los tuits, no queremos leer y menos ver 90 abúlicos minutos de tipos que se pasan la pelota.
De algún modo, con tanta metida de mano de querer transformarlo en un espectáculo hollywoodense, se olvidan que es fútbol. Y no son sólo reglas, pelota y jugadores. En él se desarrollan esperanzas y pasiones, pasiones que nos desvelan, que nos hacen pensar que se puede. Un pueblo espera cada noche, cada día, un rapto de felicidad. Quienes aman este deporte no cuestionan que los jugadores se hayan convertido en divos, en figuras del varieté, si siguen haciendo eso que los llevó hasta allí. El olvido está prohibido: no olvidar de dónde se viene es una regla dorada. Comprender que el fútbol envuelve a todo un pueblo, a una nación, en un gol, en una esperanza, es comprender que la felicidad no es algo que sólo el 1% de la población puede disfrutar. Sólo las selecciones que son un equipo, es decir, aquellos que todos tiran para el mismo lado con la misma fuerza, llegan a levantarla. Aquellos que sólo persiguen para sí mismos la gloria o están presos de los récords, han perdido el sentido del juego más bello del mundo.
Por eso rogamos que Rustan siga haciendo jueguitos con la taba y que, si se le cae, que caiga de suerte y no de culo.
En horas volveremos a ponernos frente a los televisores, soñando con la esperanza de que la copa, el trofeo, sea ganado por nuestra selección, por el equipo. Aunque nunca, nunca será ella definitivamente nuestra dicha.
(*) …en el día del nacimiento de Lio Messi.



