A 48 años de su secuestro y desaparición el 24 de marzo de 1976
Es innegable que René Salamanca fue un digno hijo de la clase obrera. Forjado al calor de las luchas de los ‘60, con participación en el Cordobazo y el Viborazo, en 1972 llegó a la conducción del SMATA, el mayor sindicato industrial del interior del país, donde se hizo sentir con fuerza una corriente que signó los primeros años de la década del ‘70: el clasismo revolucionario.
Salamanca siempre fue crítico de la burocracia sindical, por eso se convirtió en una de las expresiones genuinas del movimiento sindical combativo junto a Agustín Tosco y otros dirigentes obreros que se la jugaron por los trabajadores. Consideraba que un sindicato no sólo tenía que ser una herramienta para la lucha gremial sino también para la contienda política de la clase trabajadora, para lo cual era necesario fortalecer los cuerpos de delegados y las comisiones internas. Y para ello tenía la convicción de que los representantes de los trabajadores debían estar con sus compañeros en los sectores, no ser dirigentes de oficina, en otras palabras, estar en la “línea de producción”.
Al ser intervenido el SMATA en 1974, Salamanca pasó a la clandestinidad y al igual que el Gringo, tuvo que ser cauteloso en sus movimientos para no ser detenido.
Ese mismo año es asesinado Atilio López, poco después, el 5 de noviembre de 1975 muere Tosco en la clandestinidad y el 24 de marzo de 1976, el oscuro día del golpe de Estado, René Salamanca es secuestrado y desaparecido por la dictadura.
El Movimiento Obrero perdía así a otro de sus hombres más valiosos que marcaron una etapa de cambios y esperanza en Córdoba.




