La presidencia de Don Arturo Umberto Illia (12/10/1963 al 28/6/1966) fue un testimonio viviente de que la honestidad en la función pública es posible. Su gestión, sin estruendos, con andar pausado, con aciertos y fallas, ha dejado una impronta de transparencia y crecimiento que creemos importante recuperar de las páginas de la historia.
Reivindicar su figura es una necesidad de memoria. Illia entendió la política no como un juego de tronos, sino como una extensión del juramento hipocrático que hizo al graduarse de médico. Se puede ser revolucionario sin perder la sensibilidad ni la conducta democrática.
Illia no sucumbió a los predicamentos militares y tomó decisiones audaces y con sentido nacional, lo cual colisionó con los intereses corporativos que defendían quienes encabezaron el golpe de Estado del 28 de junio de 1966.
Sensibilidad y vocación nacional para resguardar la soberanía al anular los contratos petroleros que entregaban nuestros recursos sin beneficios para el país; para invertir en educación pública al destinar el presupuesto educativo más alto de la historia argentina (casi el 24% del PBI) y promover un plan de alfabetización; en salud pública al impulsar una ley que frenó los abusos de los laboratorios extranjeros y estableció como un bien social el acceso a los medicamentos. Además, promulgó leyes favorables a los trabajadores (como la ley del Salario Mínimo, Vital y Móvil), bajó el desempleo y la deuda externa…
Agustín Tosco mantuvo un vínculo cordial y respetuoso con Arturo Illia. Compartieron el acto de inauguración de la Central Deán Funes en 1964 y durante la detención de Tosco en Devoto en el 72, el Gringo, en una carta que le envió, valoró la permanente preocupación por su situación y repudió los obstáculos puestos por la dictadura para que Illia lo visitara en el penal.
Aquel funesto invierno del 66, cuando las fuerzas de la intolerancia vestidas de uniforme entraron a su despacho para desalojarlo, Illia los enfrentó con dignidad. No tenía armas, pero le sobraba coraje y autoridad moral. Sus palabras justas aún resuenan en los rincones de la Casa Rosada: «Ustedes no representan a las Fuerzas Armadas, sólo representa a un grupo de insurrectos. Son usurpadores que se valen de la fuerza de los cañones y de los soldados de la Constitución para desatar la fuerza contra la misma Constitución (…), contra el pueblo. Actúan como salteadores nocturnos, que, como los bandidos, aparecen de madrugada. Algún día tendrán que contar a sus hijos estos momentos y sentirán vergüenza».
Se fue como había entrado: con las manos limpias y los bolsillos vacíos. Regresó a Cruz del Eje, a su consultorio, a atender a sus pacientes de siempre, demostrando que el poder es un préstamo temporal de la ciudadanía y no un botín de guerra. La historia, que a veces tarda, pero no olvida, terminó por hacerle justicia.
Aquel hombre, al que la propaganda maliciosa fogoneaba una imagen de inoperancia y lentitud, caminaba en realidad al ritmo de las instituciones y de la ley.
Su legado nos recuerda que la verdadera grandeza de una nación no se mide por la soberbia de sus líderes, sino por la decencia de sus actos que, hoy más que nunca, son un faro de luz en la niebla.
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El presidente Illia junto a Agustín Tosco en la puesta en funcionamiento de la Central Deán Funes



